Gracias por la calma de vuestra voz cuando el mundo era un monstruo. Por la mano firme que me enseñó que caer no era el final, sino una pausa. Por cada cuento, no solo por la historia, sino porque me enseñasteis que las palabras crean mundos.
En la infancia, la enseñanza no es un programa académico; es la vida misma destilada en gestos. Es aprender que la honestidad sabe a disculpa, que el amor tiene el olor de la comida que prepara mamá, y que la seguridad es el abrazo fuerte de papá. El hijo recuerda no tanto las lecciones de matemáticas, sino la paciencia infinita con que le enseñaron a atarse los cordones, entendiendo que el verdadero nudo que se estaba atando era el de su autonomía.
Cuando es pequeño, el hijo se siente infinito y vulnerable a la vez. Se siente el centro de una galaxia de cariño, donde cualquier herida se cura con un beso. Pero también se siente como una esponja, absorbiendo cada matiz, cada risa contenida, cada preocupación disfrazada. La enseñanza crucial, la que se graba en el alma, es la que no tiene palabras: la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive.
Esta carta es, por tanto, una oda a esa siembra silenciosa. Un reconocimiento de que los padres no solo dan la vida, sino que dan la brújula. Y si ese hijo, ya adulto, navega con rumbo y con corazón, es porque el viento inicial de su infancia, impulsado por el amor de sus padres, le enseñó a desplegar las velas. El eco de aquella semilla plantada se ha convertido en el árbol que ahora da sombra a su propia vida.
César Augusto Soto Fajardo
elpoema@gmail.com
Morelia, Michoacán, México
Martes, 14 de Octubre de 2025